Me contaron la historia de una mujer, joven y bella, la cual tenía varios hijos, cada uno de un marido diferente. En el lugar donde vivía junto a sus hijos, no socializaba con nadie, y los vecinos comentaban cosas horrorosas sobre ella.
A pesar de su juventud, la joven de la que hablamos hacía cosas insólitas que llamaban la atención, pues, a decir verdad, eran cosas increíbles.
Tuvo un marido que, según las versiones, no era padre de ninguno de los hijos que ella tenía, pero igual, este asumió de buen modo ese papel. Trabajaba y la ayudaba, hasta que un día, ella lo invitó a irse de la casa, porque, sencillamente se enamoró de otro hombre que vivía a una esquina de la casa.
Con una actitud bastante tranquila, el expulsado, recogió sus maletas y alquiló una habitación, pero acudía siempre a ver cómo estaban los niños.
Luego de transcurridos algunos meses, a ella le informaron de la muerte de su madre, quien vivía en un campo lejano, viéndose precisada a tener que irse por varios días, situación que aprovechó el “expulsado” para quedarse a dormir en la casa, asumiendo la responsabilidad de no dejar los niños solos.
En ese momento, ella le sugirió que entregara la habitación donde vivía y viniera a vivir a la casa, aclarándole que no iban a hacer vida en pareja, pero él mantenía la esperanza.
A partir de ese momento, aun siendo un hombre joven, decente y trabajador, se convirtió en el hazmerreír del barrio, era como una especie de sirviente al servicio de una reina.
Tenía que hacer todo lo que ella le ordenaba, colaborar económicamente, y, como si esto fuera poco, ella todos los días cocinaba, le servía la comida a su amante, y en caso de que no pudiera llevársela ella en persona, buscaba a alguien con quien hacérsela llegar, y cuando a ella le daba su gana, cruzaba en las noches para donde su amante, y regresaba de madrugada a su hogar, ya que estaba segura de que sus hijos estaban bien cuidados.
Cuando por alguna razón ella quería salir a cualquier lugar, el amante, venía y la buscaba en su misma casa, sin importar que el otro estuviese ahí.
Realmente es muy difícil ser testigo de una historia así, pues parecen escenas de telenovelas o de películas.
Como dicen que hay de todo en la viña del Señor, al enterarme de esa historia, me vino a la mente Doña Chela, mi difunta madre, pues, teniendo el temperamento que ella tenía, hace tiempo que a ambos: “protagonista y víctima” de ese artículo, ella les hubiera dado un par de garrotazos.
Por Epifania de la Cruz (epifaniadelacruz@ gmail.com / www.renacerparatodos.net)