La excepcional vida de Puyi, el último emperador de China que terminó siendo jardinero

Fuera como fuera, su historia iba a ser extraordinaria, pues estaba destinado a ser el gobernante absoluto de casi un cuarto de la población del mundo. Pero terminó siendo única pues, a diferencia de sus antepasados, inició con el siglo XX y sufrió las consecuencias.

Aisin-Gioro Puyi nació en febrero de 1906 en Pekín cuando su tío Guangxu era el emperador de China. Este, sin embargo, llevaba ya 8 años bajo el arresto domiciliario en el que lo había puesto su tía, la emperatriz viuda Cixi, la misma que lo había escogido para ocupar el trono del Dragón y se había mantenido como regente bajo el título de «Santa madre, emperatriz viuda».

Ella misma ordenó el 13 de noviembre de 1908 que trajeran a la Ciudad Prohibida, la residencia oficial de los emperadores y su corte, así como centro ceremonial y político del gobierno chino, al sucesor de Guangxu, quien estaba agonizando.

El elegido era Puyi y, a pesar de su corta edad, nunca olvidó su encuentro con la formidable Cixi, cuyo «rostro demacrado y aterrador» vio a través de una cortina gris y rodeado de extraños.

«Se dice que estallé en fuertes aullidos al verlo y comencé a temblar incontrolablemente. Cixi le dijo a alguien que me diera algunos dulces, pero los tiré al piso y grité ‘¡Quiero a mi niñera, quiero a mi niñera!’, para su gran disgusto», recordaría años después.

El 14 de noviembre murió Guangxu y al otro día, Cixi.

El 2 de diciembre, a dos meses de cumplir 3 años, a Puyi lo empezaron a llamar «Su majestad el emperador», «El señor de los diez mil años», «El hijo del cielo» tras la «Gran ceremonia de entronización».

«Una ceremonia que yo arruiné con mis llantos», escribiría más adelante en su autobiografía.

Se había convertido en el duodécimo emperador de la dinastía Qing y el más joven en la larga historia imperial china.

Su dinastía

Puyi era descendiente de las tribus manchúes que vencieron a los Ming y fundaron la dinastía Qing en 1644, bajo la cual China duplicó su tamaño para incluir Xinjiang en el lejano oeste, así como Mongolia y el Tíbet, creando la forma esencial de China en la actualidad.

La nueva dinastía toleraba una diversidad de pueblos y religiones, y emprendió grandes empresas culturales.

Para el siglo XVIII, China era posiblemente la mayor economía del mundo, con la rica cultura que acompaña a la prosperidad. Sus emperadores vivían en el corazón de su opulenta capital, Pekín, rodeados de guardias imperiales y familias nobles manchúes.

Pero en el siglo XIX la dinastía Qing empezó a debilitarse, al no poder defender a China de la agresión militar de las fuerzas británicas estadounidenses, francesas, alemanas y japonesas.

En 1850, un converso cristiano chino, Hong Xiuquan, se proclamó líder de una nueva dinastía, el Reino Celestial de Taiping, y con sus seguidores marchó contra los Qing, obteniendo un gran apoyo a medida que avanzaba.

La guerra civil que siguió duró 14 años; alrededor de 20 millones de personas perdieron la vida en un conflicto que finalmente involucró a soldados europeos y chinos.

La rebelión de Taiping fue uno de los eventos más importantes de la China en el siglo XIX, y dejó su huella así como la dejó el «Levantamiento de los bóxers», también conocido como el «Levantamiento Yihétuán», una rebelión de aldeanos de las provincias del norte que estaban desesperados y hambrientos y culpaban a los extranjeros por su difícil situación, así que se propusieron purgar a China de comerciantes y misioneros foráneos.

Afirmaban que sus puños eran más fuertes que el fuego y eran invencibles a las balas, que iniciaron su movimiento en 1898 y para el verano de 1900 tenían bajo un fuerte asedio a Pekín, pero todo terminó brutalmente en septiembre de 1901.

Fue esta China la que, nominalmente, empezó a regir el pequeño Puyi, con el título de Emperador Xuantong y su padre, el príncipe Chun, y su tía, la emperatriz viuda Longyu (esposa de Guangxu), como sus representantes.

El mundo allá afuera

En otros tiempos, la debilidad de la dinastía Qing habría dado lugar al surgimiento de otra, pero el siglo XX trajo consigo otras opciones.

Mientras Puyi era instruido para su rol y jugaba rodeado de privilegios que incluían el extremo de ser dueño de otras personas, como los eunucos que lo atendían y tenían que obedecer todos y cada uno de sus caprichos, se fue fraguando una revolución contra el poder de su dinastía, que muchos chinos consideraban había perdido el Mandato del Cielo.

En 1911 estalló la Revolución de Xinhai o Revolución de Hsinhai y el 12 de febrero de 1912, la Emperatriz Viuda Longyu selló el «Edicto imperial de la abdicación del emperador».

«La Emperatriz Viuda estaba sentada en un kang (plataforma) en una habitación lateral del palacio de la Naturaleza de la Mente, secándose los ojos con un pañuelo mientras un anciano gordo (el primer ministro Yuan Shikai) se arrodillaba ante ella sobre un cojín rojo, con lágrimas rodando por su rostro.

«Yo estaba sentado a la derecha de la viuda y me preguntaba por qué lloraban ambos adultos», recordó Puyi en sus «Memorias».

Lloraban pues estaban poniendo fin formalmente a su gobierno y a 267 años de poder de la dinastía Qing.

Pero él, a sus 6 años, era ajeno a esas realidades.

Y lo siguió siendo, pues con el establecimiento de la República de China todos habían entrado en territorio desconocido: tras terminar con un sistema imperial de 2.000 años de antigüedad, nadie sabía muy bien qué hacer con la casa imperial depuesta.

¿Debían mandarlos a Manchuria o dejarlos en Pekín?

Decidieron tratarlo como a los reyes extranjeros, permitiéndole vivir en la Ciudad Prohibida, disfrutando del lujo en su palacio y jardines imperiales.

Es por eso que, para Puyi, poco cambió: ni siquiera le informaron que ya no era emperador hasta después de un tiempo y siguió disfrutando de privilegios hoy difíciles de imaginar.

«…en el tiempo en el que China era llamada república y la humanidad había avanzado al siglo XX, yo seguía viviendo como un emperador, respirando el polvo del siglo XIX», escribió.

Y de hecho fue reinstituido brevemente como emperador en 1917, cuando el general promonárquico Zhang Xun dio un golpe de Estado y asumió el cargo de «regente del Imperio».

Pero el asunto duró apenas dos semanas y Puyi y su corte no fueron responsabilizados por lo ocurrido.

Prisionero cruel

En ese extraño entorno fue creciendo, aislado del mundo exterior, separado de su familia, sin más referente que su niñera Wang.

Pero siguió siendo tratado como una divinidad, a quien nadie podía contrariar incluso cuando se comportaba, según él mismo contaría luego, de una manera nefasta.

«Azotar a los eunucos era parte de mi rutina diaria. Mi crueldad y amor por ejercer el poder ya estaban demasiado firmes para que la persuasión tuviera algún efecto».

En 1919, sin embargo, Reginald Johnston, un académico británico que entró al servicio de la corte Qing para ser tutor de Puyi, les lo describió así a las autoridades británicas:

«Un chico muy ‘humano’, con vivacidad, inteligencia y un entusiasta sentido del humor. Más aún, tiene excelentes modales y está totalmente libre de arrogancia […]».

«Aunque el emperador no parece haber sido malcriado aún, por las tonterías y futilidades que lo rodean me temo que no hay esperanza de que resulte ileso de los peligros morales en los próximos años de su vida (años muy críticos necesariamente para un muchacho en su temprana adolescencia)», escribió.

«A menos de que pueda ser alejado de la influencia de las hordas de eunucos y otros funcionarios inútiles que actualmente son casi sus únicos acompañantes».

Así, Puyi fue convirtiéndose en un adolescente cuyos actos de rebeldía consistían en desafíos como dar paseos fuera de la Ciudad Prohibida, usar anteojos y cortarse su tradicional trenza manchú.

Sin embargo, seguía obligado a obedecer tradiciones como las «grandes nupciales» del emperador.

«Yo me casé con un total de cuatro esposas o, usando los términos empleados entonces, con una emperatriz, una consorte secundaria y dos consortes menores. Pero, de hecho, no eran esposas verdaderas y sólo estaban ahí de adorno», escribió.

Allá afuera, el país seguía buscando respuestas al trastorno del fin de milenios de sistema imperial.

En 1924 llegó al poder el señor de la guerra Feng Yuxiang y expulsó a Puyi y su séquito de la Ciudad Prohibida.

Nuevamente emperador

A los 19 años se refugió en los brazos de los japoneses, quienes, cuando tomaron el control de Manchuria en 1931, lo proclamaron Emperador de Manchukuo, un estado títere creado a partir de las tres provincias históricas de Manchuria (noreste de China).

En ese momento, la propaganda japonesa describía el nacimiento de Manchukuo como un triunfo panasiático, con la unión de las «cinco razas» de japoneses, chinos, coreanos, manchúes y mongoles.

Esto, según ellos, marcaba nada menos que el nacimiento de una nueva civilización y un punto de inflexión en la historia mundial, como explica Edward Behr, en su libro «El último emperador» (1987).

Así como el estado, Puyi también era una marioneta, pues Manchukuo estaba controlado rígidamente por Tokio, que lo utilizaban como base para la expansión en Asia.

Su vida se tornó en una pesadilla.

Obsesionado por el hecho de que la gran mayoría de sus súbditos lo detestaban, pues Manchukuo era «uno de los países más brutalmente gobernados del mundo», según Behr, vivía como un virtual prisionero en su palacio, sin mucho más que hacer que firmar decretos aprobados por los japoneses.

Su tendencia a la crueldad se exacerbó y atormentó a sus sirvientes, no sólo con los consabidos azotes sino reduciendo sus raciones de comida.

Además, se volvió budista, místico y vegetariano.

Durante la Segunda Guerra Mundial se mantuvo firme con sus amos. Como él mismo admitió, emitió tantas declaraciones projaponesas que ningún aliado lo aceptaría si escapaba de Manchukuo.

Y eso fue lo que se vio obligado a hacer el 11 de agosto de 1945 cuando, entendiendo al fin que Japón no estaba ganando la guerra, como había creído por tanto tiempo, abordó un tren con su corte y sus tesoros Qing.

El 16 de agosto abdicó como emperador de Manchukuo y declaró una vez más en su último decreto que este eraparte de China, tras haber escuchado el día anterior al Emperador Showa anunciando la rendición de Japón.

Cuando intentaba llegar en avión a Japón, fue apresado por el Ejército Rojo.

Los soviéticos, que inicialmente ni lo reconocieron, se lo llevaron a la ciudad siberiana de Chita.

Allí lo mantuvieron cautivo pero cómodo y con más privilegios que los otros prisioneros, algo que le agradecía a Joseph Stalin.

No obstante, como ellos, recibió educación sobre el comunismo.

A casa

Entre tanto, China seguía hambrienta de ideas y podría haber ido en muchas direcciones diferentes.

Después de décadas de caudillos, la invasión japonesa y la Guerra Civil, el Partido Comunista con su entonces estrecha afiliación con la Unión Soviética de Stalin, se impuso.

En la plaza de de Tiananmén o plaza de la Puerta de la Paz Celestial, cuyo nombre viene del de la puerta sur de la Ciudad Prohibida, la morada de los emperadores, aquella de donde surguían las procesiones imperiales cuando el emperador dejaba su trono para realizar sus rituales para congraciar a los dioses, Mao Zedong proclamó la Nueva República en 1949, y los comunistas colgaron retratos de sus héroes.

Tras casi 40 años de guerra e inestabilidad, China tenía paz.

Y a Puyi, quien había sido uno de esos emperadores cuya función era mantener relaciones diplomáticas entre los humanos y el mundo celestial, le había llegado la hora de regresar a casa… aunque no quisiera.

Temía el destino que le esperaría en el imperio del proletariado, pero Mao Zedong no hizo más que enviarlo a a un campo de reeducación.

Pasaría allí 10 años, donde por primera vez tuvo que hacer cosas como lavarse los dientes y vestirse solo, así como trabajar y aprender sobre el comunismo.

Durante siglos el estado chino había girado en torno al emperador, la encarnación del poder en el corazón del Estado, el ser semidivino que está destinado a proteger a la gente de las malas cosechas y las inundaciones devastadoras.

En 1960, Mao, una nueva versión de esos poderosos seres, le otorgó al último emperador de China un indulto especial: la ciudadanía y su liberación.

El hombre que una vez gobernó el país más poblado del mundo se dedicó a trabajar como asistente de jardinería en los jardines botánicos de Pekín y editor de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino desde 1964 en adelante.

Y también fue autor de una autobiografía, «De emperador a ciudadano», que fue apoyada por los principales funcionarios del partido Mao y Zhou Enlai.

Aprendió a conciencia las lecciones de la Educación Libre Socialista, a juzgar por las declaraciones de su libro y las que daba en ocasiones como su matrimonio con Li Shuxian, una enfermera de hospital, en 1962, cuando proclamó:

«Recordaremos este día y continuaremos aprendiendo de la clase trabajadora todos nuestros días futuros juntos.

«Odio la primera mitad de mi vida, porque fue una experiencia humillante de ser un explotador y un parásito».

Fuente: BBC Mundo

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