En la República Dominicana, por falta de educación ciudadana más que por cualquier otra cosa, se producen escenas cotidianas que retratan con una crudeza brutal el nivel de deterioro cívico de una sociedad.
Una de ellas ocurre todos los días en las calles de nuestro país: una ambulancia con su sirena activada, avanza anunciando a gritos que una vida depende de cada segundo, y aun así, decenas de conductores permanecen inmóviles, indiferentes, aferrados a su carril como si el mundo terminara dos metros delante del bonete de su vehículo.
No se trata de un hecho aislado ni de una casualidad. Es un comportamiento repetitivo, sistemático y preocupante que desnuda una grave carencia de educación ciudadana. Para muchos de nuestros conductores, al parecer, el acto de manejar se ha convertido en una competencia feroz donde el objetivo no es llegar seguro, sino imponerse sobre el otro, avanzar primero, colarse, bloquear y resistirse a cualquier gesto mínimo de cortesía vial.
La llegada de una ambulancia debería activar un protocolo casi automático en cualquier sociedad medianamente organizada: detenerse, orillarse, despejar el carril y permitir el paso inmediato del vehículo de emergencia. Así ocurre en numerosos países donde la educación vial no es una sugerencia decorativa colocada en un manual que nadie lee, sino parte de una cultura de respeto por la vida.
Porque de eso se trata, simple y llanamente: respeto por la vida.
El sonido de una sirena debería activar nuestro protocolo mental, tal como ocurría en el bomper de los dibujos animados de “Dick Tracy.
Cuando un conductor decide no ceder el paso a una ambulancia, no está simplemente incumpliendo una norma de tránsito; está interfiriendo potencialmente con la posibilidad de que un paciente llegue a tiempo a un centro de salud, que una persona sobreviva a un infarto, a un accidente cerebrovascular, a una hemorragia o a cualquier otra emergencia médica donde cada minuto cuenta.
La pregunta inevitable es: ¿en qué momento nos acostumbramos a vivir de espaldas al prójimo?
Parece que hemos normalizado una peligrosa mezcla de individualismo, imprudencia y falta de empatía. Se conduce como se vive: con prisa, con intolerancia y, en demasiadas ocasiones, con absoluta desconexión de las consecuencias que nuestras acciones pueden tener sobre los demás.
Sin embargo, criticar esta realidad sin plantear soluciones no sería del todo acertado, debemos agregar a éstas el carácter propositivo que nos haga parte de la solución y no simplemente resignarnos a plantear el problema.
Las autoridades competentes, particularmente el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre y la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre, deben asumir con mayor seriedad esta problemática que se repite a diario en nuestras vías.
Resulta prudente y necesario implementar campañas agresivas de educación vial orientadas exclusivamente al comportamiento frente a vehículos de emergencia. No basta con colocar mensajes esporádicos en redes sociales o realizar operativos simbólicos. Hace falta pedagogía constante, sanciones efectivas y una narrativa pública que haga comprender que abrir paso a una ambulancia no es un favor; es una obligación moral y legal.
Asimismo, consideramos pertinente que toda ambulancia en rol de emergencia sea acompañada por un agente motorizado. Esta medida, lejos de ser exagerada, responde a una realidad palpable: en medio del caos vial dominicano, muchas ambulancias quedan atrapadas entre vehículos cuyos conductores parecen inmunes al sonido de una sirena.
La presencia de un agente motorizado permitiría viabilizar el tránsito, despejar intersecciones conflictivas y reducir significativamente el tiempo de respuesta en emergencias. En términos prácticos, podría marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Pero ninguna medida institucional será suficiente si no se produce una transformación cultural.
No podemos seguir aspirando a grandes cambios nacionales mientras fracasamos en lo elemental: mover un vehículo unos metros para dejar pasar una ambulancia.
La educación no se mide únicamente por títulos académicos ni por la capacidad de articular discursos sofisticados. También se revela en actos aparentemente simples: respetar una fila, no lanzar basura a la calle, detenerse en un semáforo y, por supuesto, ceder el paso cuando una ambulancia anuncia que alguien necesita ayuda urgente.
Quizás el verdadero atraso de una sociedad no se mide por su infraestructura ni por su crecimiento económico, sino por su incapacidad para comprender que la vida del otro también importa.
Y en nuestras calles, lamentablemente, en esa materia, sacamos 0.
Por Daniel Rodríguez González