Ramón Alburquerque: “Nunca me preocupé por dejar fortuna, porque el honor tiene más valor que el dinero”

Santo Domingo.– El último artículo escrito por el ingeniero Ramón Alburquerque, fallecido este viernes 30 de enero a los 76 años, ha sido interpretado como una reflexión final y una despedida cargada de simbolismo, donde el exsenador reivindica el honor, el servicio público y su legado político por encima de cualquier riqueza material.

En el párrafo que cierra su artículo titulado “El futuro del PRM en el poder”, Alburquerque adopta un tono introspectivo y sereno, aceptando con entereza el curso de su vida y dejando constancia de que sus aportes siempre estuvieron guiados por el interés del pueblo dominicano. “Desde mi actitud de recuperación inquebrantable, acepto que ocurra lo que más conviene a mi vida”, expresa, en una frase que hoy cobra un profundo sentido tras su deceso.

El dirigente histórico del Partido Revolucionario Moderno (PRM) subraya que no deja fortunas ni bienes materiales, sino un legado ético que, según sus palabras, constituye el verdadero patrimonio de su familia.

“Nunca me preocupé por dejar fortuna, porque el honor tiene más valor que el dinero para los seres virtuosos”, escribió, reafirmando una visión de la política como vocación de servicio y no como medio de enriquecimiento.

En su artículo publicado el 23 de enero en el periódico Hoy, Alburquerque se define como “un humilde siervo, listo para servir a sus mejores intenciones”, resalta también su papel determinante en la construcción interna del partido oficialista, al reivindicar su contribución en la formación política y ética de una amplia generación de dirigentes.

Resulta significativo que, pese a su trayectoria y peso político, Alburquerque no ocupara funciones en los más de cinco años de gobierno del presidente Luis Abinader, una ausencia que generó interrogantes dentro y fuera del partido. Sin embargo, en su último escrito no hay reclamos ni reproches, sino una reafirmación de principios y una defensa del rumbo institucional que, a su juicio, debía preservarse.

La lectura de ese último párrafo refuerza la idea de que Ramón Alburquerque fue consciente del momento histórico y personal que atravesaba. Lejos del tono combativo que caracterizó muchas de sus intervenciones públicas, optó por una despedida serena, casi testamentaria, en la que deja claro que su mayor legado no fue el poder ni la acumulación de bienes, sino la formación política, el ejemplo ético y la coherencia entre discurso y práctica.

En un país marcado por recurrentes escándalos de corrupción, su afirmación de que el honor supera al dinero adquiere un valor simbólico particular. No se trata solo de una reflexión personal, sino de un mensaje dirigido a las actuales y futuras generaciones de dirigentes, a quienes exhorta implícitamente a ejercer la política con desprendimiento y vocación de servicio.

Ese cierre, escrito desde lo que él mismo definió como una “actitud de recuperación inquebrantable”, se convierte hoy en una especie de carta final al pueblo dominicano. Un mensaje sin victimismo, sin resentimientos, donde reafirma que su vida pública estuvo guiada por la convicción de servir, aun cuando ello no se tradujera en reconocimiento o posiciones de poder en sus últimos años.

Por Roberto Tiburcio

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