En política, el silencio rara vez es vacío. A veces es cálculo; otras, advertencia. En el Partido Revolucionario Moderno (PRM), el prolongado silencio del expresidente Hipólito Mejía, ha comenzado a generar lecturas inquietantes entre dirigentes y bases, que se preguntan si se trata de simple prudencia política o del presagio de una reacción contenida, una especie de “echarle una pasta de jabón al sancocho” en el momento menos esperado.
Hipólito Mejía no es un actor cualquiera dentro del PRM. Es fundador, referente histórico y uno de los pilares que dio origen al partido, con una influencia que trasciende cargos y coyunturas. Por eso, su bajo perfil, su distancia de las controversias internas y su escasa participación pública en debates clave del partido llaman poderosamente la atención.
Para muchos perremeístas, este silencio no es casual. Se produce en un contexto de malestar en la base, denuncias de exclusión, grupismo, falta de atención a dirigentes históricos y una percepción creciente de que el poder se ha concentrado en pequeños círculos. En ese escenario, la ausencia de la voz de Hipólito Mejía se interpreta como una señal política.
En los corrillos políticos y en las bases del Partido Revolucionario Moderno (PRM) se habla cada vez con más insistencia de un distanciamiento entre el presidente de la República, Luis Abinader, y el expresidente Hipólito Mejía, dos figuras clave en la historia y consolidación de la organización oficialista.
Más que un simple rumor, esta percepción se alimenta del silencio, la frialdad política y la ausencia de gestos públicos que, en otros momentos, evidenciaban cercanía y coordinación.
Este escenario ha comenzado a vislumbrar una fuerte lucha interna dentro del PRM, marcada por corrientes, grupos y proyectos particulares que compiten por espacios de poder, influencia y control político. Lo más preocupante para muchos dirigentes es que, en medio de esta efervescencia, el partido parece carecer de un árbitro con autoridad moral y liderazgo incuestionable capaz de imponer equilibrio, consenso y disciplina.
Durante años, Hipólito Mejía jugó ese rol de referente, de figura capaz de mediar, calmar tensiones y poner límites. Su voz, aun sin ocupar cargos formales, tenía peso suficiente para ordenar la casa. Hoy, su distanciamiento, real o percibido, deja un vacío que se siente con fuerza en la estructura partidaria.
Algunos analistas consideran que el expresidente observa, evalúa y deja que las contradicciones maduren por sí solas. Otros van más lejos y sostienen que su silencio podría ser el preludio de una posición firme, capaz de alterar equilibrios internos si decide hablar o actuar en el momento oportuno.
En la cultura popular dominicana, “echarle una pasta de jabón al sancocho” significa arruinar lo que parecía listo, y hay quienes temen que una eventual irrupción de Mejía tenga ese efecto sobre la actual dinámica interna del PRM.
No sería la primera vez que Hipólito Mejía sorprende. Su trayectoria política ha estado marcada por giros inesperados, franqueza sin filtros y decisiones que han redefinido escenarios. Precisamente por eso, su silencio pesa más que muchos discursos.
Mientras tanto, en los pasillos del PRM se multiplican las especulaciones: ¿hablará cuando arrecien las tensiones internas?, ¿espera definiciones rumbo al futuro político del partido?, ¿o simplemente ha optado por dejar que otros carguen con el desgaste del poder?
Lo cierto es que, en política, el silencio también comunica. Y en el caso de Hipólito Mejía, ese silencio retumba. Para algunos es señal de madurez; para otros, un aviso de que nada está completamente cocinado dentro del PRM. El tiempo dirá si se trató de prudencia estratégica… o del anuncio de una jugada que podría cambiar el sabor del sancocho político oficialista.
Para muchos perremeístas, este silencio no es casual. Se produce en un contexto de malestar en la base, denuncias de exclusión, grupismo, falta de atención a dirigentes históricos y una percepción creciente de que el poder se ha concentrado en pequeños círculos. En ese escenario, la ausencia de la voz de Hipólito Mejía se interpreta como una señal política.
Por Luis Ramón López