Duarte: entre la gloria del bronce y el abandono de la conciencia

Cada 26 de enero, la República Dominicana amanece con banderas izadas, actos protocolares, discursos repetidos y fotografías oficiales frente a bustos fríos. Se conmemora el natalicio de Juan Pablo Duarte.

Se pronuncia su nombre. Se recitan frases memorizadas. Se depositan flores. Y, acto seguido, se regresa a la rutina de siempre: al olvido, a la indiferencia, a la incoherencia.

Duarte no nació para ser estatua. Nació para ser conciencia.

Nació para ser ejemplo vivo de honestidad, sacrificio y amor desinteresado por la patria. Sin embargo, hoy parece reducido a un trámite institucional, a una fecha en el calendario que muchos aprovechan solo para descansar, sin detenerse un instante a preguntarse quién fue realmente ese hombre que entregó su juventud, su salud, su fortuna y su vida entera por una nación libre.

Si Duarte pudiera mirar la República Dominicana de hoy, ¿qué sentiría?

Probablemente una mezcla profunda de tristeza, decepción y desconsuelo.

Vería un país donde la corrupción se normaliza, donde el dinero público se confunde con botín privado, donde la política se ha convertido en negocio y no en servicio. Vería funcionarios que juraron servir y terminaron sirviéndose. Vería campañas millonarias en un país con hospitales sin insumos y escuelas sin dignidad. Vería privilegios donde debería haber sacrificio.

Y entendería, con dolor, que su sueño ha sido traicionado.

Duarte luchó sin pedir nada a cambio. No buscó cargos. No acumuló riquezas. No negoció principios. Cuando tuvo que elegir entre la comodidad personal y la patria, eligió siempre a la patria. Incluso cuando esa patria lo expulsó, lo marginó y lo condenó al exilio.

Murió lejos. Murió pobre. Murió casi olvidado.

Y eso, en sí mismo, es una herida que todavía sangra.

Hoy, muchos políticos mencionan a Duarte en discursos huecos, mientras practican exactamente lo contrario de lo que él predicó. Lo invocan en fechas patrias, pero lo traicionan en cada acto de corrupción, en cada favoritismo, en cada injusticia tolerada.

Lo usan como escudo moral, mientras vacían de sentido su legado.

Pero no solo fallan las autoridades.

También fallamos como sociedad.

Fallamos cuando normalizamos el irrespeto a la ley. Cuando justificamos el “resolver” por encima de la ética. Cuando aplaudimos al vivo y despreciamos al honesto. Cuando preferimos el atajo antes que el camino recto. Cuando enseñamos a nuestros hijos que el éxito vale más que la dignidad.

Fallamos cuando olvidamos que la patria no se construye con discursos, sino con conducta.

Duarte soñó con una nación de ciudadanos, no de súbditos. Con un país donde la libertad no fuera palabra decorativa, sino práctica cotidiana. Donde la justicia no fuera privilegio, sino derecho. Donde el poder no fuera abuso, sino responsabilidad.

Soñó con una República fundada sobre valores, no sobre intereses.

Hoy, ese sueño parece desdibujarse entre el ruido de la politiquería, la indiferencia social y la desesperanza colectiva.

Por eso, cada 26 de enero debería ser más que una ceremonia.

Debería ser un día de examen de conciencia nacional.

Un día para preguntarnos, sin hipocresía:

¿Estamos honrando realmente a Duarte?

¿Vivimos como él nos enseñó?

¿Defendemos la patria o solo la mencionamos?

Porque honrar a Duarte no es ponerle flores una vez al año.

Es rechazar la corrupción todos los días.

Es cumplir la ley aunque nadie mire.

Es servir sin robar.

Es protestar sin destruir.

Es exigir sin venderse.

Es amar al país más allá de los intereses personales.

Duarte no necesita homenajes vacíos.

Necesita ciudadanos valientes.

Funcionarios decentes.

Jóvenes comprometidos.

Instituciones limpias.

Necesita una República que esté a la altura de su sacrificio.

Tal vez, si algún día logramos eso, si algún día hacemos de la honestidad una norma y no una excepción, si algún día la patria vuelve a ser un proyecto colectivo y no un botín, entonces sí, podremos mirarlo de frente, sin vergüenza, y decirle:

Perdón por haberte fallado.

Gracias por no habernos abandonado.

Seguimos intentando ser dignos de ti.

Por Daniel Rodríguez González

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