La independencia inconclusa

Resulta sumamente penoso admitirlo, pero este 27 de febrero del presente año 2026, se cumplen 182 años de la Independencia Nacional (1844), y el dieciséis de agosto de este mismo año, ciento sesenta y tres de la Guerra de la Restauración, y la República Dominicana parece hoy más dependiente que nunca.

No se trata de una afirmación ligera ni de una frase vacía. Es, más bien, una percepción dolorosa que se respira en el ambiente, que se desliza en las decisiones que no tomamos y en las que otros toman por nosotros.

Este es, sin dudas, un tema digno de estudio. Pero no de un estudio superficial ni complaciente, sino de uno serio, profundo, capaz de descender hasta las raíces mismas de nuestra fragilidad como nación. Porque los hechos históricos no se comprenden observando únicamente sus manifestaciones visibles, sino escudriñando sus causas, sus motivaciones ocultas y, sobre todo, sus consecuencias. Solo así es posible entender cómo un pueblo que conquistó su libertad con sangre, sacrificio y dignidad, puede encontrarse hoy caminando al borde de su propia soberanía.

La pregunta es inevitable: ¿cómo llegamos a este punto?

¿Cómo fue que pasamos de ser una nación que se levantó contra imperios, que resistió invasiones y que restauró su independencia a costa de sus mejores hombres, a convertirnos en un país cuya voluntad parece frecuentemente subordinada a intereses que no son los suyos?

Vivimos como al borde. Al borde de perder lo que tanto nos costó conquistar. Al borde de olvidar quiénes somos. Al borde de convertir la independencia en una palabra hueca, desprovista de contenido real.

Nos encontramos plegados a voluntades e intereses foráneos. No es necesario identificarlos, porque todos los conocen. Aunque muchos prefieren actuar como si no lo supieran. No por ignorancia, sino por conveniencia. Porque es más fácil fingir desconocimiento que enfrentar la incomodidad de la verdad. Más fácil simular indiferencia que asumir el peso de la responsabilidad histórica.

Pero hay algo aún más grave que la indiferencia: la complicidad.

Existen dominicanos que no solo callan, sino que sirven con un entusiasmo despreciable a esos intereses. No lo hacen por equivocación. Lo hacen por conveniencia, por ambición o por una lamentable ausencia de conciencia nacional. Se convierten, voluntariamente, en instrumentos de una voluntad ajena, aunque esa voluntad sea contraria al bienestar de su propio pueblo.

La traición no siempre se manifiesta con estruendo. A veces actúa en silencio. Se disfraza de diplomacia, de pragmatismo, de modernidad o de inevitabilidad. Pero no deja de ser traición.

Cada dominicano que actúa contra el interés nacional, que antepone intereses foráneos al bienestar de su propio país, que conspira (de cualquier manera) contra la soberanía de la República, se coloca, por su propia voluntad, fuera del sagrado círculo de la patria.

Y sobre él recae, indudablemente, el juicio de la historia.

El patricio Juan Pablo Duarte lo advirtió con una claridad tan meridiana que hoy estremece:

«Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán víctimas de sus maquinaciones».

No fue una frase impulsiva. Fue una advertencia. Duarte comprendió, con la lucidez que solo poseen los verdaderos fundadores, que el mayor peligro para una nación no proviene siempre del enemigo externo, sino de aquellos que, desde dentro, debilitan sus cimientos.

Porque ninguna patria puede ser vencida desde fuera si no ha sido previamente rendida desde dentro.

La independencia no es un hecho consumado. Es una condición que debe defenderse cada día. No se conserva por indiferencia, sino por conciencia. No se garantiza por decreto, sino por dignidad.

Una nación deja de ser verdaderamente independiente cuando pierde la capacidad de decidir su propio destino. Cuando sus decisiones fundamentales responden más a presiones externas que a su propia voluntad soberana. Cuando sus hijos olvidan el precio que se pagó por su libertad.

La independencia no se pierde de golpe. Se erosiona lentamente. En cada concesión innecesaria. En cada silencio cómplice. En cada acto de sumisión disfrazado de conveniencia.

Y llega el momento en que el país sigue existiendo en los mapas, pero comienza a desaparecer en el espíritu.

La pregunta que queda en el aire no es histórica. Es moral.

¿Seguiremos siendo la patria que soñó Duarte, o nos resignaremos a ser apenas el territorio que heredamos?

Por Daniel Rodríguez González

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