¿República Dominicana: crisis real o coartada perfecta?

Hay momentos en que la realidad dominicana parece escrita con la pluma inquietante de Alfred Hitchcock: tensión sostenida, giros inesperados y una sensación permanente de que algo no encaja… o peor, de que todo encaja demasiado bien.

La calamitosa situación que vivimos hoy parece encontrar, curiosamente, una coartada perfecta en la guerra del Medio Oriente. El discurso oficial ha sido claro: los males que nos aquejan responden, en gran medida, a factores externos, a dinámicas geopolíticas que escapan del control del Estado. Y sí, lo que ocurre en el mundo influye, pero no justifica el desorden interno que se percibe a simple vista.

Porque aquí, las cosas andan, como dice el pueblo, “mangas por hombro”. Por un lado, el presidente Luis Abinader participa en la cumbre “Escudo de las Américas”, convocada por Donald Trump. Por otro, el ministro Antoliano Peralta asiste a una cumbre progresista en Barcelona, representando también al mandatario. Dos escenarios, dos discursos, dos visiones que, lejos de complementarse, se contradicen. Que alguien le explique a este pueblo la coherencia entre ambos extremos.

Mientras tanto, en el plano local, la realidad parece golpearnos sin anestesia. La indignación popular, ya exacerbada por el manejo del caso Jet Set y los hermanos Espaillat, encuentra nuevos motivos para crecer.

Un chofer de camión recolector de basura, desprotegido, ignorado por la policía de Santiago, quienes debían garantizar su seguridad, busca refugio en el Palacio de Justicia de Santiago… y ni siquiera ese símbolo institucional logra salvarle la vida. Lo persiguen. Lo alcanzan. Y, dentro de ese lugar, sagrado si se quiera, lo matan.

Y como si se tratara de episodios que se encadenan con una lógica perversa, en Los Alcarrizos los ciudadanos denuncian abusos policiales, mientras circulan videos que, más que pruebas, son acusaciones vivas. La autoridad, que debería ser garante, se convierte, según estas denuncias, en factor de temo6r.

La desorganización no se limita a la seguridad. Se extiende, casi como un virus, a los sistemas que sostienen la vida institucional. La evaluación de desempeño docente, diseñada para medir méritos e incentivar calidad, colapsa desde su inicio: una plataforma incapaz de soportar 45 minutos de examen.

 La Junta Central Electoral tropieza en el primer día de entrega de la nueva cédula, alegando una demanda “inesperada” que resulta, cuando menos, difícil de creer en un proceso previamente calendarizado.

Y por si faltara algo, en la fecha límite para cumplir con las obligaciones fiscales, los sistemas bancarios destinados a estos fines, fallan, imposibilitando los pagos ante la Dirección General de Impuestos Internos. ¿Casualidad? ¿Falta de previsión? ¿O simple negligencia estructural6?

En medio de este panorama, emerge la voz de Juan Hubieres, lanzando un ultimátum al gobierno y desmontando, al menos en su versión, la narrativa oficial sobre el alza de los combustibles. Habla de mafias, de subsidios desviados, de un mercado negro que opera con la complicidad silenciosa de sectores privilegiados. Señalamientos graves que, de ser ciertos, retratan un problema mucho más profundo que cualquier conflicto internacional.

Entonces, la pregunta no solo es válida, es urgente: ¿qué está pasando en la República Dominicana?

Porque cuando fallan la seguridad, los servicios, las instituciones y la coherencia del discurso oficial, no estamos ante hechos aislados. Estamos frente a un patrón. Y los patrones, en política, rara vez son accidentales.

El país no necesita excusas. Necesita respuestas. Pero sobre todo, merece respeto.

Por Daniel Rodríguez González

Comparte esta noticia en tus redes sociales: