Adicción a los tatuajes

Para escribir sobre este tema, tengo que reconocer que me intimidan aquellas personas que tatúan su cuerpo con tantos mensajes, que parecería que el mismo es un periódico o una revista.

Motivada por el caso de los tatuajes, me puse a investigar y aprendí lo siguiente:

El primer tatuador conocido en Occidente fue Martin Hilderbrandt, tatuador oficial de los bandos de la Guerra Civil Americana, y la primera máquina de tatuar se inventó en 1891, por Samuel O’Reilly.

El tema del tatuaje es algo actual, sin embargo, se trata de una costumbre milenaria.

Esta preferencia ha sido practicada por diferentes culturas; en el mundo occidental fue castigada durante algunos periodos, exactamente en la Edad Media y Moderna, donde gobernaba la Iglesia Católica y era aceptada únicamente en los caballeros cruzados, con el fin de poder ser reconocidos en caso de muerte en alguna batalla. Finalmente, los tatuajes volvieron a ser aceptados en occidente.

Quizás muchos nos preguntemos sobre las razones por las cuales la mayoría de los seres humanos, una vez se colocan el primer tatuaje, pasan a ser presas de una especie de manía, que los impulsa, incluso, a tatuarse el cuerpo completo.

Esto se debe a que, durante el proceso de creación del tatuaje, el organismo segrega endorfinas, que son sustancias producidas por nuestro cerebro para generar un efecto de placer y bienestar. Así, la ausencia o deficiencia de ellas puede producir estados de depresión y/o desequilibrio emocional.

Hay una amplia clasificación de los tatuajes, en diferentes diseños y colores, según la preferencia de la persona interesada.

Aprendí también, que la Estigmatolofilia es la atracción sexual o adicción que sienten algunas personas por los tatuajes o las perforaciones corporales.

Lo preocupante de esta preferencia, es que se puede convertir en una adicción, pero pienso que debemos respetar y no juzgar a las personas que prefieren este estilo de vida.

Por Epifania de la Cruz (epifaniadelacruz@ gmail.com / www.renacerparatodos.net)
*La autora es psicóloga clínica