Vivimos en “La Era del Hombre light” (2 de 2)

En la entrega anterior me referí, entre otras cosas, al hecho de que la sociedad de hoy vive de espaldas a la lectura. Algunos dirán que no es cierto, pues tenemos una clase intelectual que degusta la lectura y que, además, es autora de libros, ensayos, enjundiosos análisis, críticas literarias, en fin, intelectuales de fuste.

Estoy seguro, sin embargo, que ellos saben que son la excepción, saben que me refiero a una realidad que nos golpea en la cara, si no, los remito a los medios de comunicación: en la radio, locutores que no manejan adecuadamente el idioma de Cervantes; en la televisión, pareciera que solo es necesario el “atractivo físico”, en el caso femenino, en el de los varones, mientras más chabacano mejor, solo debe manejar los códigos para conectar con las masas, y ni hablar de los “artistas” del llamado género urbano, que van como invitados a los programas de TV.

Y no quiero que se me mal interprete, no tengo nada en contra de los urbanos, ellos son un producto de la sociedad y se manifiestan, en mi humilde opinión, con toda la naturalidad que es propia de sus entornos, no tienen poses, porque sus actuaciones reflejan la esencia de lo que se vive en los barrios. 

Y para continuar con el caso de los urbanos, aunque no manejo los códigos, recuerdo aquella ocasión en que se produjo un enfrentamiento, si se puede calificar así, entre representantes de ese género y la Asociación de Cronistas de Arte, ACROARTE.

Resulta que, no solo este gremio denostaba a estos “artistas urbanos”, sino que gran parte de la sociedad los rechazaba porque, entre otras razones, con sus letras incitaban a la violencia, al consumo de sustancias controladas, insultaban la moral, y así por estilo.

Sin embargo, luego de todas esas controversias y rechazos a los urbanos, tocó a ACROARTE organizar la premiación más importante del país, para reconocer la labor del artista dominicano, y qué sorpresa me llevé cuando leo en la prensa, que uno de los principales invitados internacionales era, nada más y nada menos, que un señor de nacionalidad puertorriqueña llamado Bad Bunny.

Recuerdo que entonces pensé, como desconocedor del movimiento y del género, que tal vez se trataba de un exponente, que, por la calidad de sus letras y su lírica, se trataba de un exponente que representaba al Juan Luis Guerra del género urbano…

Por supuesto que solo se trató de una muestra de la doble moral con la que nos manejamos, porque solo importa lo que vende, y eso lo deciden las mayorías que son los que consumen, en otras palabras, como diría Víctor Manuel San José Sánchez, en una de sus célebres canciones: “todo se compra se vende…”. A la generación actual solo le importa el mercado y el consumidor decide el producto y sus condiciones…

Es por ello que Ramón Orlando, en su momento, grabó “el venao”, es por ello que las publicitarias utilizan a las figuras que “supuestamente” representan a los antivalores, para sus campañas de promoción. Y lo hacen porque están convencidos de que estas son las figuras que llegan a las mayorías.

A pesar de los tópicos abordados, debemos convenir en que se trata de un tema amplio, el cual permite la posibilidad de ser abordado desde ópticas muy distintas y variadas, todas válidas y comprobables.

Para que se entienda de lo que hablamos, y tener una mejor referencia de la dinámica actual, quisiera compartir con ustedes, amables lectores, un mensaje que llegó hasta nosotros a través de las redes sociales, que, en principio, casi siempre se trata de mensajes jocosos, pero que, en ocasiones, encierran contenidos que son como sentencias de vida:

“Menos mal que hubo una generación que sí quiso estudiar y tenemos epidemiólogos, médicos, microbiólogos, entre otros.

¿Se imaginan otra pandemia dentro de unos años con youtubers, influencers, tik tokers y reguetoneros tratando de salvar al mundo?”

Este mensaje mueve a reflexión y aunque sabemos que no todo está perdido, que siempre hay una luz al final del túnel, a medida que avanza el tiempo, y por las cosas que vemos y vivimos a diario, a veces pareciera que nadie tendrá ojos para ver esa luz.

Por Daniel Rodríguez González