La ética de la prisa

Imprimir
Grayme

Siempre hemos escuchado que la prisa no es buena consejera, de hecho, está muy acendrado en nuestro cerebro que de ir muy rápido en una autopista nos conduciría a un eventual accidente. También que tratar de apresurar cualquier tipo de relación ya sea de negocios, profesional o personal es casi seguro que terminaríamos estropeando los resultados esperados.

Por supuesto, esto es en un mundo de certidumbre, en una lineal secuencia de normalidad existencial o en la mansedumbre que la cotidianidad nos presenta como un bufé en el que podemos servirnos de los diferentes platos del día y seguir nuestras rutinas sin mayores contratiempos.

Sin embargo, en este momento, el escenario que el peligroso coronavirus nos presenta es un mundo caótico, un revoltijo de incertidumbres, una volcadura de la normalidad sin respuestas. El mundo como lo conocíamos hasta hace pocos días está muy trastocado. Ha cambiado como nunca lo hubiésemos imaginado. Quizás solo algunas tribus del África o de los pigmeos de las profundidades de Australia aún no se han enterado de las desgracias que hoy padece el mundo, como usted y yo conocemos.

La ética de la prisa nos plantea que el dolor ajeno, no puede esperar, que la emergencia del que se desangra, no puede esperar, que el hambre de muchos, no puede esperar, que el colapso pulmonar de miles o millones no puede esperar, que la llegada de la ambulancia para el que agoniza, no puede esperar, que los equipos de protección para los médicos que nos atienden, no puede esperar, que los más poderosos se rasquen los bolsillos para cooperar con los más necesitados, no puede esperar, que la ración alimenticia para un rancho en penumbra, no puede esperar, que los desembolsos económicos para los trabajadores informales, no puede esperar. Esa es nuestra realidad por dura que parezca.

En los próximos días viviremos una situación aún más calamitosa que la que hoy nos espanta. Aumentarán las cifras de contagiados y muertes, mucho pesar y grandes desafíos para todos nosotros, en particular para el gobierno y los líderes sociales. El cuerpo médico estará más exigido y expuesto al contagio, los medios de comunicación no podrán renunciar a la responsabilidad de informar verazmente, por dura que sea la verdad de los hechos.

El acompañamiento del liderazgo político ahora es más vital que nunca. Nada tan desgarrador que el llanto de un niño, que penosa la mirada triste de un anciano con hambre, es aterrador la imposibilidad de las personas con alguna discapacidad de obtener sus alimentos o la de los suyos, que desconcertante la falta de medicamentos para los pensionados. El hambre no sabe de racionalidad ni espera.

A propósito de lo que podría desatar la falta alimentos en las clases más necesitadas de nuestro país y gran parte de Latinoamérica, me llega a la memoria la canción El Hambre del poeta Serrat, que nos dice “Tened presente el hambre” en ella recorre desgarradoramente lo fatal de sufrir la crudeza de no tener alimentos. Advierte que cuando la comida falta emerge lo peor del instinto humano, agrega el autor, “Regresa a la pezuña, retrocede al dominio del colmillo, y avanza sobre los comedores. Se ejercita en la bestia, y empuña la cuchara” Cuando ese momento llegue, si no se toman medidas, habrá saqueos de comercio, motín en las cárceles, desafíos violentos a la autoridad.

De manera que, la prisa es la principal y mejor consejera para los que deben tomar decisiones en favor de las mayorías. No hay espera. Lo ético y moralmente responsable en este momento es ir rápido.

Por Graymer Méndez

Compatir