Los imperios contra la civilización humana

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Es bueno que una nación sea grande, rica y poderosa, aún mejor sería que lo fuera por sus propios medios y no a expensas de expropiar o robar las riquezas y recursos a otros pueblos y naciones.

Un país debería ser tan rico, poderoso y grandioso de acuerdo a sus recursos, al aporte que puedan hacer sus ciudadanos o por el

esfuerzo colectivo de los mismos. No el precio que tengan que pagar otros pueblos, no las riquezas de otros, no la mano de obra mal pagada de los ciudadanos de otros países.

Los imperios de cualquier color, sólo favorecen controlar y administrar el poder en las naciones que mantienen bajo su influencia al precio de mantener y permitir, en muchos casos, regímenes injustos en contra de los propios ciudadanos de esos países.

Los administradores y representantes de los imperios siempre mienten, todas las veces que tengan que mentir, para defender los intereses de éstos. No importa si sus mentiras signifiquen la muerte para una, un millar o un millón de personas. A estos administradores no les interesa el nivel de destrucción ni las secuelas que producen sus mentiras.

Las guerras son indispensables, necesarias y hasta “preventivas” para todo imperio. Su principal negocio, en la actualidad, es la venta de armas de destrucción masiva, mientras más letal el arma mejor. Por supuesto, la primera víctima es la verdad, por tanto la historia pasada, siempre contada por los vencedores, debería ser tratada con cierto escepticismo.

En la actualidad, rusos y americanos hacen del planeta ensayos para la maldad, para la muerte más atroz, negando la inocencia y la bondad. Han hecho del paraíso heredado muchos infiernos, en África, en Vietnam, Islas Malvinas, en Santo Domingo, Bagdad, Ucrania, Siria y un largo etcétera…

Todo imperio tiene un denominador común, el enemigo, ficticio o creado para siempre justificar su intervención, en lo que son sus reales intereses, que por lo general nunca es el interés del colectivo del país intervenido.

Lo que se ha visto y demostrado hoy en día es que, cuando un imperio pone su mira en un país bajo su égida, por algún motivo, estos intereses no tiene ningún tipo de limite o parámetro hasta lograr su objetivo. Es lo que se conoce en el caso de Estados Unidos con Irak, Libia, Afganistán, etc. Y lo que pretende hacer actualmente con Venezuela.

País que violentamente es intervenido por medios de las armas, país que nunca vuelve a ser igual. La paz no se logra en mucho tiempo, los demonios se desatan y lo que era propio de ese país se cambia por una realidad diferente, por lo general acomodada a los intereses del imperio.

Las guerras siempre dejan secuelas terribles, heridas que después de tantos años, aún perduran”. Intereses antagónicos, religiosos y culturales, formas diferentes de ver la vida y sistemas políticos irreconciliables. De tantas injusticias y malos entendidos ha surgido “el terrorismo”.

Este fenómeno llamado terrorismo, se acentúa con mayor intensidad después de las guerras con Vietnam y los países árabes. Septiembre 11, del 2001 es una consecuencia más de otras que ocurrieron y ocurrirán.

“La base del terrorismo no es el Islam, ni las religiones, sino la ideología capitalista del “Dios dinero” y la exclusión social que genera”. Declara recientemente el Papa Francisco.

La paz no se vislumbra en muchos años, hasta que culturas milenarias sean resarcidas de tanto daño y expropiación; “Justa es la guerra para quienes es necesaria y santas son las armas, cuando solamente en ellas hay esperanzas” (reza el Príncipe de Nicolás Maquiavelo).

Estas grandes naciones, tienen entre ellos relaciones respetuosas, no así, hacia sus socios menores. En el caso de Rusia, el trato con sus socios menores o enemigos, es aún más oscuro. Los chinos, lo que se conoce, procuran un trato más respetuoso con sus aliados, no así con sus propios ciudadanos.

A ninguna gran nación le conviene o favorece dilucidar sus diferencias en el plano militar. Obviamente, no habría un ganador y si muchos perdedores. La negociación sobre bases justas e igualitarias, debe ser la garante ideal para preservar paz y progreso para todos. Allí es donde pesarán las voces, de quienes puedan arrojar luz en la conformación de un nuevo orden mundial más justo, más incluyente, más diverso.

Para dar ejemplo, no proponemos la destrucción de ningún imperio, más bien planteamos su transformación. Hay que poner en el centro de esas ¨grandes naciones¨ al ser humano, la justicia, el amor y la vida.

Puede que no veamos el día, donde estas grandes potencias se pongan de acuerdo para establecer un nuevo orden mundial, más justo y equitativo. Nuestra civilización, nuestra especie humana, en la cima del reino animal, no supera todavía la etapa de depredación o comensalismo practicado por otras especies.

Combatir y lograr cambiar tal estado de infamias, será una tarea de todos los hombres y mujeres comprometidos con un mundo mejor, aún al costo de no sobrevivir. Esperar alertas y filmes, dispuestos a enfrentar las adversidades y reveses, unidos y perseverantes, lograremos, más temprano que tarde, mover esos cimientos de sociedades dañadas por la ambición de riquezas y poder, en contra de tantos pueblos del planeta.

Por Ebert Gómez Guillermo

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