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Lunes, 24 de Jun 2019

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A RAJATABLA: Mi viejo barrio

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Con mis árganas repletas de recuerdos inicié mi tradicional recorrido de fin de año por San Carlos con el entusiasmo de encontrarme con amigos de la niñez y adolescencia y con bellas doncellas que enternecían nuestros sueños infantiles o atribulaciones de la pubertad.

En la Juan Bautista Vicini, brotaron mis primeras lágrimas, cuando mis ojos avizoraron el único trecho que quedó de lo que fue la

Damián del Castillo, la calle donde nací, en cuyo traspatio fui testigo de la “Agonía de Macaria Pérez” y de “La mujer del cabo de la guardia”, historias que trataré de contar en dos novelas.

En ese lienzo de asfalto, que fue fusionado con la calle París y avenida Amado García para convertirla en la hoy 27 de Febrero, no pude hablar con Ovadis, Pilón, Pepe, Julio, Ramoncito, Rumancio, Hector, Cañón, Nelson, Tito, Roberto, César y otros muchachos que jugábamos pelota en medio de la calle o en el estadio de la Normal, donde me ubicaban entre los peores peloteros.

Tampoco pude ver a los hermanos de mis amigos, que junto a los míos enfrentaron a los “Paleros de Bala”, a quienes años después les llevábamos comida a los comandos desde donde combatían a las tropas interventoras. La ferretería Darío ni el colmado de don Mariano están donde estaban.

En vano fueron mis esfuerzos por charlar con Mon, el zapatero, que vivía al lado de Taján Martínez, el que pintó el jacho prendió del PRD, frente a Micaela, la anciana que criaba gatos y que todos creíamos que era bruja, que a su vez era vecina de una señora que dicen trataba bien a nuestros hermanos por unas cuantas monedas.

Julita nunca abrió la puerta delantera de su casa en la Damián del Castillo casi esquina Abreu. El portón permanecía cerrado porque en la sala tenía un altar, frente al cual enseñaba sus habilidades para predecir el futuro mediante la lectura de una taza manchada de café.

En la mueblería de Domínguez, pregunté por Pupilo, el personaje que rehusó el papel de combatiente de la Revolución en mi novela, para seguir bailando al mediodía y en la tarde todos los sones y guarachas que difundían los programas “De fiesta con la Sonora” y “Ayer y hoy en la música”, por la Voz del Trópico y Onda Musical.

Me hubiese gustado volver a ver a Eda y a Milagros, dos hermosas muchachas presentes en todos nuestros sueños infantiles, lo mismo que Tamara y Nélcida, pero nadie puede estar en un lugar que no existe, ni menos congelar en el tiempo la juventud y la belleza.

Antes de llegar hasta la escuela Brasil, donde formé parte de la “Patrulla Lobo”, del Grupo Scout 19, me detuve en la escuela Chile, donde creí haber visto al profesor José Mota y Feliciano, mi maestro de sexto grado, y a Josefina Pérez del Villar, mi profesora de tercer curso, quienes forjaron a más de una generación de sancarleños.

Por Orión Mejía

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