La prensa local no prestó mucha atención a una serie de artículos generados en Europa sobre el papel de las esposas de presidentes. Uno de esos escritos, bajo el título de “hasta donde llega el poder de una Primera Dama”, sostiene que muchas mujeres de maridos mandatarios incurren en “rebeldía” que incomoda a sus esposos y los exponen a la crítica y a la burla de propios y extraños.
El artículo firmado por una mujer, Soledad Blardone, censura que las parejas de los presidentes no quieran ahora sentarse “en el asiento trasero”, como dice lo hizo Cherie, la esposa del ingles Tony Blair, que nunca dijo esta boca es mía.
Lo que se plantea en Europa es que las esposas de los jefes de Estado no deberían opinar ni referirse a ningún aspecto relacionado con el ejercicio del Gobierno, porque generalmente “exponen a sus esposos “a la crítica y a la burla”.
Me parece que ese planteamiento, tan de moda en Europa, es una forma de discriminación que ejerce Occidente sobre la mujer, que poco tiene que envidiarle a la marginación a que está sometido el sexo femenino en gran parte de Oriente, donde se le niega el derecho al voto, a la educación superior, a elegir a su futuro marido y en algunos lugares debe caminar siempre detrás del esposo.
En el artículo de referencia se formulan críticas contra la periodista Valerie Trierinliwer, esposa del presidente de Francia, Francois Hollande, porque abogò por el triunfo electoral de una parlamentaria que rivalizó con Segolène Royal, ex pareja del mandatario. No se toma en cuenta que la Primera Dama hizo uso de un derecho constitucional de expresar libremente sus preferencias electorales.
De Nadime Heredia, esposa del presidente peruano Ollanta Humala, no se dice que fue fundadora del Partido Nacionalista ni que por su liderazgo político su marido alcanzó la jefatura del Estado, pero se le censura por asistir a los concejos de ministros en su condición de Primera Dama, sin importar que cuente con el 59% de aprobación ciudadana.
Los muchos errores políticos de Daniel Ortega no son tan criticados en Nicaragua, con la intensidad de la censura a Rosario Murillo, por fungir como vocera del Gobierno, tanto así que la prensa la identifica despectivamente como la “copresidenta”. Para quienes impulsan ese tipo de discrimen, las mujeres de los presidentes deben ser como las primeras damas de México, Chile, Honduras y Guatemala, que siempre ocupan el “asiento de atrás”.
El reverso de esa campaña que pretende disminuir el rol público y político de las mujeres, lo representan Dilema Rousseff, Cristina Fernández, Angela Merkel, Margarita Cedeño y otras muchas líderes que están al lado de sus maridos y no detrás.






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