Mi memoria no rescata ningún recuerdo de elecciones limpias en este país. Tampoco los libros de historia que he leído sobre el tema electoral anotan elecciones sin ardides, tretas y falseamientos. Pero debe de haber alguna manera de que en la República Dominicana se elijan autoridades por el voto popular mediante un proceso limpio.
Transparente. Unas elecciones que superen el espíritu tramposo, el ánimo de engañar y sobre todo la habilidad de nosotros, los dominicanos, para crear todos los embelecos posibles hasta desembocar en el fraude.
En días pasados me subí en un banco de la calle El Conde y a voz en cuello propuse las siguientes soluciones al pueblo:
1.- Que sorpresivamente los partidos políticos convoquen elecciones y se haga una sola fila a nivel nacional donde cada elector coloque las huellas digitales de sus diez dedos a la vista de delegados, observadores, funcionarios de la JCE, cámaras de televisión, grabadoras de celulares de cualquiera que se quiera aparecer ahí, y en transmisión directa y vía satélite a través de la prensa mundial.
Inmediatamente, científicos especializados le pondrían un código a cada juego de huellas digitales con la foto de la persona. Este archivo sería compartido por cada partido político y cotejado al momento. En el instante.
Pues una señora que parecía buena gente pasó frente a mí y me dijo que ahí podía haber fraude porque en Estados Unidos metieron en la cárcel a un médico dominicano que operaba huellas dactilares de reconocidos criminales para que no fuesen registrados por las autoridades.
Que en la misma fila aparecerían miles de cirujanos dominicanos pagados por el que más pueda para provocar la abstención de un gran número de electores.
2.- Descartada la propuesta número uno planteé al pueblo que la próxima vez que haya elecciones hagamos una larga fila, y que en vez de tomar las huellas dactilares de los electores, nuestras honorables, inmaculadas, nunca politizadas e incorruptibles Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional con el general Browning a la cabeza, recibiesen a cada votante, y que luego de ejercido el sufragio la persona fuese fusilada inmediatamente.
Así, frente a los delegados de los partidos y observadores internacionales sería fácil saber quién votó y quién no. Prohibidos votos nulos o excusas de no sufragar por vejez o enfermedad. Pero en eso pasó el barbero que me atiende frente al cementerio de la Independencia y me dijo que desde que cerraron ese camposanto en el año 1942, todos los que allí reposan ejercen su derecho al voto libre y voluntariamente.
Y que eso de confundir los muertos viejos que votan desde siempre con los muertos recién matados iba a crear una confusión mayor de la que existe en nuestro país el día de hoy. ¡Balaguer ´taba en el padrón de este año! gritó un tipo desgarbado que parecía pintor. Un señor con cara de tonto se detuvo un momento y nos comunicó al barbero y a mí que si aquí se implantase ese método sería la primera vez que la familia de Marino Vinicio Castillo pusiese a los haitianos a decidir las elecciones.
Los dos métodos anteriores se mostraron vulnerables. Y es que para nosotros el arte de hacer fraude viene en la sangre. Lo heredamos de nuestros ancestros, como los esquimales fabricar iglús o los ingleses montar en barco. Nuestros detractores dicen que sería imposible enviar dos astronautas dominicanos juntos al espacio porque allá arriba uno asaltaría al otro.
Me imagino que por esa y otras razones, en una acción desesperada, un ciudadano votó enviando a la Junta Central Electoral una funda de excremento. El presidente de la Junta, experto en la materia, decidió convocar a un grupo de científicos para interpretar la voluntad del elector que de esa forma quiso echar su voto con la esperanza de que no ser engañado.
En fin, se determinó que ese votante no quiso abstenerse, que era dominicano, mayor de edad, de colon irritable, que pujó sin impugnación y que además el individuo era de condición muy pobre, ya que los bioquímicos comprobaron que esas heces carecían de calorías. Uno de los expertos comentó que ni siquiera los parásitos podrían sobrevivir bajo esas condiciones.
Y es que en este país cuando un pobre come pollo, uno de los dos está enfermo o es tiempo de elecciones, como sucedió en Dajabón. Y además, eso de votar cada cuatrienio pa´ que lo engañen a uno demuestra que a nuestra peculiar especie dominicanis corruptísimus eso de ir a elecciones es una chercha que nos entretiene de lo lindo. Aparte de que a muchos se les ofrece la oportunidad de comer y olvidar durante tres días para padecer los próximos cuatro años.






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